En un lugar de Londres de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que jugaba un hidalgo de orejas voluminosas, piscinero, un pelín flaco y galgo corredor. Gareth Bale hacía llamarse. Hacía quererse, hacía respetarse, y lo más importante de todo, marcaba. Gracias a él, el Tótenjam era feliz, yo era feliz.
Pasaron los años y Tito Floren apareció, 90 millones de Euros de por medio rompieron mi relación con Gareth. Se ausentaba en los entrenamientos, no me contestaba las llamadas, ya no me dibujaba corazones en la pizarra táctica...
Tantos años de romance se esfumaron por culpa de esa maldita cifra. Vale, era una cifra con "7 ceros a la derecha", pero al fin y al cabo eran sólo números, algo irrelevante.
Fue transcurriendo el verano del 2013 y veía como Gareth cada vez estaba más lejos de mí. La distancia, así como mi dolor, cada vez era mayor. Era insoportable.
Rompí todos nuestros recuerdos, quemé todas nuestras fotos en aquellas maravillosas vacaciones en Florencia, borré sus mensajes del móvil. Quería un cambio radical en mi vida.
Pedí al "presi" Levy que por favor me buscase un nuevo amante -en verdad lo que buscaba era poner celoso a Bale, pero jamás funcionó-.
Él, día a día me presentaba a los posibles pretendientes, pero nada, ninguno era capaz de cerrar la brecha que Gareth dejó en mi corazón. Hasta que un día apareció él. Sí, hablo de Soldado. Mi mirada se iluminó, quizás era porque me deslumbró el reflejo del sol en su nariz, no lo sé, pero desde aquel momento noté como una llama de amor se volvía a encender en el interior de mi corazón.
Él, día a día me presentaba a los posibles pretendientes, pero nada, ninguno era capaz de cerrar la brecha que Gareth dejó en mi corazón. Hasta que un día apareció él. Sí, hablo de Soldado. Mi mirada se iluminó, quizás era porque me deslumbró el reflejo del sol en su nariz, no lo sé, pero desde aquel momento noté como una llama de amor se volvía a encender en el interior de mi corazón.
@VillasBoyas
